martes, 11 de febrero de 2014

Muerte a las 19:40

Estaba intentando hacerlo de forma elegante.

Como los gatos salvajes que saltan de una rama a otra, 

exponiendo al vacío su vientre tierno antes de siquiera soñar con acariciar la salvación.

Era una tarea difícil. Como cruzar un lodazal en tacones.


¿Cómo dejas por fin a la persona que amas y que te ama,

sin discutir antes? Nosotros no somos personas razonables.

Sí, es como al cruzar un lodazal en tacones: puedes acabar lleno de mierda.


Mierda en la cabeza, mierda en el resto del cuerpo. Tanta mierda que sale hasta por la boca:“Porque tú me dijiste tal cosa”. “¡Porque tú me hiciste tal otra!”.


También se te pueden romper un par de huesos en el proceso, claro.


Pero yo no quería que fuese así.


Yo quería hacerlo subrepticiamente. Cerrar la puerta detrás de mí con el aire que empujaría mi pañuelo al acomodarlo sobre mi hombro.


No quería pedir permiso, ni perdón, ni dar las gracias
No quería escucharle derramar su amor sobre el lodo.

No quería llevarme nada, solo irme con lo puesto, con mis tacones, con mi pañuelo. Pensaba que si lo hacía con muchísimo cuidado, ni siquiera habría necesidad de despedidas.
Sucedería la magia. Nos olvidaríamos el uno del otro, y a lo mejor podríamos encontrarnos de nuevo algún día, cuando todo hubiese cambiado.


…Pero cuando abrí la puerta de casa, lo encontré de frente, a punto de meter la llave en la cerradura, con la mano suspendida en el aire y apuntándome premonitoria, acusadoramente con el metal dorado. Los ojos como platos y la boca pequeña. Y habló:


- ¿A dónde vas zorra de mierda?

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