domingo, 25 de septiembre de 2011

Barrio II

Iba de camino a encontrarme con una amiga ayer por la tarde, cuando pasé por delante de una especie de parque infantil (del siglo XXI).
¿Qué ha sido de los murales pintados con pintura de dedos? ¿De los toboganes gigantes? ¿De las piscinas de bolas en las que ponías en riesgo tu vida al entrar? ¿Qué ha sido de "Susanita tiene un ratón, un ratón chiquitín"?
No era un parque infantil, ¡no podía ser!
El cartel sobre la puerta rezaba "Play Kids!", sí, pero en unos escandalosos neones rosa-fucsia tipo motel de carretera, y desde el interior llegaba hasta la calle a todo meter el último éxito de Kesha.
Un último vistazo a su interior me permitió corroborar lo que ya sé.
Unos pocos niños jugaban en unos escasos metros cuadrados decorados con muebles Ikea y como zombies, se tiraban lápices de colores a la cabeza o algún que otro juguete en un intento de descargar sus energías. Parecía un experimento médico, a sus cuidadoras, entregadas de lleno a la lectura del "¡Hola!", les faltaban una bata médica y un par de buenos dedos de frente para sacar un interesante estudio sobre cómo volver locas a las multitudes infantiles...
Será que soy malpensada a más no poder. Pero yo sentí que los preparaban para la vida adulta - me acordé de las veces que yo salía de fiesta, de bares, vestida de domingo, como todos aquellos niños repeinados y embutidos en ropa que tanto limitaban sus movimientos, a sitios con música estridente donde no se podía hablar (¡ que le dieran por saco al crecimiento personal! ¿eso para qué sirve hombre?), tan sólo bailar, beber o buscar quién te quisiera llevar a su casa...
Sentí pena de esos niños.
Mi papá nunca me dejó en sitios así, siempre dejó que cometiera mis errores yo sola.

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