sábado, 24 de septiembre de 2011

Barrio I

De pequeña, o no tan pequeña quizá, mi abuela me daba las monedas para el pan los fines de semana y yo bajaba a comprar al carrito de golosinas del final de la calle. El matrimonio que regentaba el humilde puestito me conocía a mí y también a mi familia desde siempre. Bajo la atenta mirada de mi abuela, asomada al balcón, yo iba y regresaba con el pan y casi siempre, alguna chuchería de regalo.
La confianza era tanta, que ya más mayor, si mi abuela se iba de vacaciones, las llaves de casa se quedaban en el kiosko y yo las pasaba a recoger después de mis clases allí para poder entrar en la casa...
Con los años, el marido enfermó y el puesto se cerró. Y llevaba así desde hacía demasiado tiempo. Unos gatos se habían alojado en la caseta y señoras mayores salían de noche de sus casas a darles cuencos de arroz con jamón y agua.
Algo ha cambiado en mi barrio desde que "alguien" prendió fuego al carrito. Un lugar de encuentro para todo un barrio, un lugar de dulces recuerdos... Para mí, ese kiosko era un retal de mi infancia, lo único que se mantenía en pie como testigo de "los viejos tiempos", tras tan pocos años de trepidante siglo XXI.
Escribí antes "alguien" entre comillas porque soy muy malpensada y básicamente no me fío de nadie que tenga un negocio. Con el kiosko colindaba una pizzería de una famosa cadena de comida italiana. Cubría un lateral bastante amplío de su terraza y era lo único que impedía que desde ella se viera la calle.
De ahí mi entrecomillado. Estoy segura, o más, pondría mis dos manos de cocinera mediocre sobre el fuego, porque ese incendio fue provocado y además, por encargo del dueño de la cadena de restaurantes.
Esta semana ya se han llevado el kiosko las autoridades competentes, completamente adornado con las tarjetas y flores que fueron colgando muchos vecinos desde el día del incendio entre sus escombros.
La pizzería lleva ya dos días obstaculizando mi calle con sus albañiles y trastos.

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