lunes, 25 de julio de 2011

un día de aquellos

Son las 12:16 de la mañana de un lunes de verano tan corriente y moliente como otro lunes de verano cualquiera. Debería estar en clase, preparando mi porvenir, ¡pero no! Estoy en casa, a base de chupitos de vodka, y acabo de recordar una pequeña anécdota y quiero compartirla con quien sea que me lea.
Se trata de un recuerdo que me lleva hasta el mismo momento en que aprendí algo de incalculable valor, que no se trata de leer o escribir, no. Comienzo.
Con siete años, acostumbrada a tener a alguien de mi familia pegado a mí, tanto a mi cargo, como al suyo, cada vez que algo malo me pasaba siempre corría a protegerme entre unos brazos auxiliadores que todo lo sabían resolver (o todo lo sabían gritar, cuando se trataba de personitas a mi cargo, para que llegara a oídos de mis mayores). Tengo cierto recuerdo muy grabado en la memoria. Se trata de un día que correteando por una avenida mal asfaltada, sumida en mis más profundos pensamientos (los profundos pensamientos de una persona de siete años... ¡tócate los ovarios!), mis amigos y la personita a mi cargo se habían alejado lo suficiente como para no oirme si algo me pasaba. También sé que eso era precisamente lo que yo quería, estar a solas conmigo misma (ya era rarita desde muy pequeña), correr y pensar, sin chácharas ni ruidos que me interrumpieran. Es de todos los que cercanamente me conocen sabido que soy tan patosa, que apenas no puedo ver algo en el suelo sin evitar tropezarme con ello. Pero ese día la verdad es que yo me sentía muy segura de mí misma. Era tarde, o bueno, quizá no tan tarde pero hemos de recordar que apenas tenía yo siete años.
Y entonces, ocurrió: me caí. Fue muy tonto, simplemente mi tobillo falló con un bache inesperado, y toda yo, cuan larga era para mi edad, acabó en el suelo. Perdón si en algún momento hay alguna falta de ortografía, repito, se trata de mi vodkabulario.
El caso es que me raspé la rodilla. Una heridita muy fea, llena de tierrilla y que escocía como el demonio. Mi primer impulso fue gritar de dolor, llorar a moco tendido hasta que algunas manos siempre dispuestas se acercaran a mí a subsanar mis dolencias. Pero me di cuenta del estúpido error que había cometido al dejar que se alejaran las personas que podrían haberme ayudado, y por aquella avenida, de aquel parque sucio, a aquellas horas, no paseaba ni un alma.
Resolví ponerme en pie, tragarme las lágrimas, y cojear hasta casa.
Al principio, me dolía tanto que no podía apoyar la pierna sin que se me escapara un sollozo, pero a medida que caminaba el Atlántico que parecía haber hasta mi hogar, pensaba en lo raro de la situación, y el dolor quedaba a un lado, a la sombra de mi orgullo.
No había nadie que me ayudara. Nadie que me consolara. Nadie, sólo yo y mis instintos de supervivencia. Estaba tan... impactada. Algo cambió dentro de mí, lo sé.
En el último trecho hasta casa, recuerdo pensar cómo contaría mi fabulosa aventura, qué palabras escogería para despertar la curiosidad y admiración de mis amigos, y la inquietud pero a la vez tranquilidad de mi padre, mis tíos y mi escéptica abuelita. Sería un gran hazaña. Y después de mi relato, está claro que tuvo que así quedarse grabado en las mentes ajenas (¿recuerdo algo de un pony salvaje?).
En el momento, a pesar de la expectación que desperté, ni siquiera pude adivinar el verdaderamente increíble descubrimiento que había hecho.
Ahora, soy consciente de ello.
En esta vida, en el largo camino en que consiste el hasta a veces desesperanzador día a día, todos, en todo momento, estamos solos. Hasta cuando parece que estamos acompañados, porque la compañía sólo es compañía disfrazada de falsa comprensión, de volubles sentimientos y de instintos humanos demasiado fieles a la naturaleza animal. Si queremos ser grandes, crecer más allá de nuestra estatura, tenemos que apoyarnos tan solo en nosotros mismos. Nuestras manos, nuestros bastones cuando las piernas nos cojeen. Nuestras palabras, cuando nuestra vista nos falle.
Porque la vida me ha enseñado que buscar más allá de nuestro propio cuerpo es perderse en un mar de incertidumbres (qué manido...), y ahogarse.

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