sábado, 16 de julio de 2011

un día como tantos

La ansiedad me empuja una vez más a los abismos que asoman por la boca de mi estómago, y me siento en la terraza, esforzándome por respirar de forma regular, mientras una hilera de hormiguitas hacendosas se pasea entre mis dientes y mi paladar. Mi amante me mira con desprecio desde la puerta, no comprende y creo que le doy asco. Y me siento muy sola y muy enferma. Como un putero viejo que mendiga amor entre juegos sexuales imposibles, con la cama llena de pastillas azules (o rosas, o violetas) y la mirada perdida en algún punto de su memoria. Como todas mis madres, con el corazón frío bombeando sangre radioactiva y convirtiendo mis pies en plomo. Y espero la muerte, porque estoy vacía ya de ilusión y de esperanza. Cuando entonces, capto una presencia. Se arroja sobre el cristal de mis gafas de sol y me paraliza el aliento. Desde el cielo, me mira y lo veo. Ahí está. Es Dios. Es verde, es rojo, es de colores que no puedo definir pero que estoy segura de haber visto antes. Brilla seguro cerca del sol sin llegar a acercarse. Conmoción. Abro los oídos bien, y oigo su voz en el viento que corre entre los brotes tiernos de la albahaca, en el aleteo de las alas de las golondrinas. Miro a mi alrededor. Las uñas de mis pies, los azulejos del suelo, el toldo que vibra sereno por el aire tibio. Me esfuerzo en respirar bien pero ¡ah! ya no es necesario. Siento que me invade una calma suprahumana y la hormiguitas de mi boca se diluyen en saliva. Siento amor palpitar en cada célula de mi cuerpo; amor por mi amante ya tan lejano, amor por el compañero fiel, amor por la madre ignorante, por la hermana perdida, por el hijo abortado, amor por las amigas que ya no lo son, y por las que aún siguen siéndolo. Y aún más. Amor por las uñas de mis pies, por los azulejos, por las plantas que respiran serenas desde sus macetas de plástico, por las golondrinas, por el barrio donde vivo, por el mar brillante, por el cielo falsamente azul, por todo lo cotidiano y un poco más.
Amor por Dios, por ponerle un nombre al azar que ha creado toda esta maravilla. Y amor por mi capacidad de asombro, que normalmente, es la que me salva cuando en días como tantos, estoy al borde del abismo.

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