sábado, 30 de julio de 2011

Atracción física. Tensión sexual no resuelta. El polvo del fin de semana. ¡Yo qué sé!

El sujetador describe una parábola perfecta al tirarlo por encima de mi cabeza, y las braguitas se balancean en el clavijero de una guitarra.
Hace frío y el aliento de ambos se entremezcla en extrañas figuras. Ah, de esos besos lentos y vacíos, vacíos, vacíos. Si lo repito tres veces dentro de mí me puedo convencer de que no, no hay nada más. El vaho se cuela despacito entre mis escamas y me cuece las entrañas.
Una manos descienden, hasta el sur de la consciencia.
El inicio del fin.
Cuando te liberas, lo dejas claro.
Y todo se vuelve menos poético; será porque todavía no he visto a nadie susurrar para explicar la realidad. No soy yo, ¡si yo soy maravillosa! Claro, claro que te gusta besarme, claro que te gustan los giros de mis rizos, y que sí, que soy muy inteligente, oh, ¡y divertida! ¡Qué bien me lo paso contigo! Lo que ocurre es que quieres estar solo. Te vistes, me sonríes incómodo, ¿mi sujetador es eso que está sobre un diccionario de química?, la puerta se abre, y salgo yo, o sales tú, y no volveremos a vernos, no volveremos a confundir nuestros gemidos. O quién sabe, quizá sí, el alcohol hace milagros.
Qué noche tan fantástica. Delirante locura encerrada en el bucle de los viernes por la noche. Se va a repetir, una vez, y otra, y otra más. Hasta que me sangren los gemidos y las alas me cuelguen flácidas y los te quiero se me agrieten en los labios.
Mi amor transmutado en sexo. Qué lejos que voy a llegar...

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