lunes, 27 de junio de 2011

Espérome

Erik Satie. Clac, clac. Clac, clac. Mis tacones contra el suelo, impacientes. Mis ojos inundados de Rímmel, entrecerrados. Mi cuerpo vibrando entero de expectación, y de rabia.
Gnossienne no. 1 casi en su fin. Los tacones se calman contra el piso impoluto.
Él llega tarde de nuevo.
Cigarrillos , una copa de vino para calmarme en la espera, humo en la sala en la que aguardo, vestida para la cita donde diré quién soy yo.
Pero, ¿quién soy yo?
Cena para dos; algo ligero. Yo, mis esperanzas, la profundidad de mis sentimientos, la fe que tengo en él. Aunque ahora ya no es tanta, ¡tarde de nuevo! Otro cigarrillo, otro sorbo de vino.
Nos veo a oscuras, bailo para él, le seduzco, me convierto en una odalisca ingenua que se entrega sin pedir recompensa alguna. Le muestro mi lado más provocador, y se lo doy todo a una única señal de sus manos en mi cintura, y me derramo sobre su cuerpo como el vino que ahora escancio en la copa, una y otra, y de nuevo, otra vez. 
Cuatro copas de desilusión exponencial, de prórroga emotiva. ¿Lucidez? ¿Qué estoy haciendo?
Entregarme, entregarme... y el humo se hace cada vez más espeso en la sala.
Ravel y su Bolero. Suena el timbre.
Los ojos se me abren de golpe. Me lleno de valor aunque mis piernas tiemblan. Las cuatro copas de vino, los cuatro años de espera. ¿Le he encontrado, me ha encontrado, es él?
Pero no es él, y mi brazo, en afectada pose contra el marco de la puerta, la abandona al ver que el que llega no es otro que un hombre común, vulgar, demasiado corriente. Que me mira y sonríe sardónicamente, y se disculpa con excusas que huelen a perfume de otra mujer. Siento calor en los párpados, me molesta el Rímmel, y también el pintalabios, y toda la ropa que llevo. De pronto, me molesta haberme preparado así pero no estar en absoluto preparada para esto.
Sus ojos se detienen en los míos, un momento eterno, y comprende. Murmura una despedida pegajosa. Se va. Cierro la puerta.
Otra copa de vino, otro cigarrillo.
Debussy, Sirènes. Mi cuerpo lánguido se estira y sueña vagamente con otro cuerpo, que quiera abrirse, entregarse, y olvidar la realidad. Mas, ¿dónde está?
Me abro, me abro, me abro... 
Un último momento de consciencia, ¿y ahora? Cae la copa. Menos mal que ya no queda vino.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Verisimo, l'uomo è mobile, la donna è wifi.
Aunque algunos maledettos se empeñan en negarlo:
http://youtu.be/mS_iLmSy2w8