sábado, 20 de noviembre de 2010

Sara

Ella llora porque se siente sola.
Caen como lágrimas de saliva, por entre sus piernas ligeramente cerradas, los rancios deseos frustrados, 
los orgasmos insatisfechos y las caricias nunca encontradas.
Todas las noches caen y ella llora.
Y hoy ha pasado otra noche y ella prosigue, a solas.

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Cuando vi por primera vez a Sara me decepcionó. Quiero decir, que tenía sus dos brazitos y sus dos piernecitas, con todos sus deditos al final de ellos, y lloraba con fuerza, como cualquier bebé, y sonreía sin saber por qué, también como cualquier bebé.
Vino a este mundo con tan sólo ocho meses, aunque si hubiese esperado uno más, igualmente habría llegado demasiado pronto. Su madre la trajo al mundo entre demasiada sangre, demasiado dolor y demasiadas mentiras, y quizá por eso luego no hubo nunca más una madre: murió en el parto. Pero me desvío de lo principal, que es la primera vez que vi a Sara.
Llevaba ya tres semanas de cuerpo presente, y era la cosa más diminuta que había visto en mi vida. Tenía la cabeza como un pepino maduro, deforme y blanda. Y no era un bebé bonito, por eso me decepcionó tanto. En aquel momento. Ahora, en este instante, mientras escribo, ya no me importa.
Con el paso de los años, he visto transformarse a ese bebé en niña pequeña, niña soñadora, niña extraña. Es preciosa, pero eso tampoco me importa ahora. Me importan de ella otro tipo de observaciones. 
He visto a Sara crecer sin una madre, sin un hogar, sin una organización de su vida ni un control sobre ella. Ya es una niña mayor, pero no sabe leer, ni escribir, ni tampoco realizar cálculos matemáticos sencillos. No sabe cuál es el ciclo vital de un ser vivo, no conoce la escala musical y tampoco cuántos planetas tiene nuestro sistema solar. A Sara no le hace falta, o fuera más acertado decir que no le interesa en absoluto. Sara es más inteligente que yo, o que tú, quien quiera que seas. Ha aprendido sin maestros, por tan sólo su experiencia, los fundamentos de la existencia. Antes de sangrar por primera vez, antes siquiera de tener la capacidad de apreciar sus conocimientos.
Ha aprendido lo que es el amor de una madre por precisamente no tener un referente al que aferrarse. Ha podido apreciar el calor de un hogar porque el suyo es sólo un refugio de su cuerpo pero no de su alma. Ha podido soñar con otro futuro porque desprecia los límites del mundo real.
Cree que es normal sufrir, cree que es normal que la gente la ignore. La felicidad es una fantasía mundana, y se abandona a ella sin pretensiones tantas veces al día como puede.
Cuando Sara y yo nos encontramos, tan pocas veces, me mira y lo hace de forma callada, desconfiada, huraña, como un perro apaleado. Y luego aparta la vista, y mira a su alrededor y me entran ganas de preguntarle qué piensa, pero no debo. Ella siempre mira sin mirar, se pierde en sí misma y sé que no quiere estar conmigo. Me duele no saber llegar a ella. Me duele entenderla, por lo que eso implica.
Parece que Sara pasara por la vida tan sólo en espera de un momento de soledad para cantarse una nana, dibujar paisajes que se aparecen en sus fantasías, acariciar un gato, acariciarse, y olvidar el mundo que la rodea.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Laura esta creciendo a pesar nuestro y descubriendo de lo rápido que pasa el tiempo y el misterio y lo duro del vivir... (mas o menos Pedro Guerra)

Tá bonito :P

Di que soy un pájaro. dijo...

"..y olvidar el mundo que la rodea."


a veces no es tan fácil.

Anónimo dijo...

Me da la impresión de que nadie entendió realmente lo que el autor quería narrar..

Anónimo dijo...

autora garrulo!