sábado, 23 de octubre de 2010

Lo_Que_Pienso_Al_Caminar.pdf

Ser mujer es algo deprimente a veces.
Cuando miro los patios de los colegios, o paso al lado de una niña de corta edad especialmente bonita, no puedo evitar apreciar tanto candor, tanta inocencia. La mirada risueña de una futura lolita bajo unas pestañas infinitas. Ya saben qué quiero decir: esas niñas de catálogo, que te hacen pensar de forma cruel si su madre no les dará una capita de chapa y pintura antes de sacarlas a la calle.
Demonios, son lindas de verdad, ¿no?
Claro. Son preciosas. Son jóvenes. O bueno, son más jóvenes que una, y algún día se convertirán en sexis adolescentes de diecisiete años, de esas que con un poco de saber hacer, pararán el tráfico y hasta el corazón de algunos hombres (y mujeres, que de todo hay) cuando paseen por la calle. Alguno de esos hombres podría ser el mío. 
Criada en la mentira del amor monógamo y eterno, duele imaginar que la naturaleza aflore al hombre con el que quiera compartir mi vida y que este mire y admire lo que por ciencia y sociedad se estima.
Pienso "esas serán las preciosidades contra las que tendré que competir dentro de diez, doce o catorce años".
Pienso "aunque no lo quiera".
Pienso que es tremendamente injusto que la industria condene la inocencia de las niñas desde que comienzan a tener consciencia de su propio cuerpo. No son bellos los espinos, los puntos negros. No son bellas las estrías ni la celulitis. No es bello el vello que recubre las axilas, ingles, piernas, cejas o brazos, ni tampoco el que se torna blanco con los años. No son bellas las arrugas, las cicatrices, los michelines o el pecho caído, o pequeño, o demasiado grande. Hay que extirparlo, tersarlo, quemarlo, teñirlo, maquillarlo todo. Para que no se note qué edad tienes, para ser por siempre una preciosa muñeca de veinte inquebrantables años. Condenan la inocencia y también, la madurez. Condenan a la mujer a una vida desgraciada e incompleta, convirtiéndola en objeto, despojándola de las marcas de honor que concede la vida.
Nos condenan a todas. Nos hacen desear la desgracia de las demás, nos hacen desear no ser quienes somos.
No somos alma, no somos mente. A veces, no creo siquiera que seamos cuerpo. Somos tan sólo la imagen imperfecta de la triste utopía al que este mundo de hombres y dinero nos condena.

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