lunes, 12 de julio de 2010

Leyendo a...

Simone de Beauvoir.
¿Y qué digo yo? Leer cualquier cosa de esta mujer me produce enseguida desasosiego. La odio, creo que porque me siento a veces, aunque cueste creerlo, identificada con los personajes que reflejan su filosofía o forma de ver la vida. Me siento comprendida, ¡tan bien comprendida!, pero me enfado porque siempre me quedo con esa sensación amarga en el pecho de no saber muy bien qué hacer (en general). La señora de Beauvoir me parte el alma, me llena de angustia y ansiedad, pero aunque me deje con tan mal cuerpo, es imposible no querer seguir leyéndola.
Dejo aquí algunos extractos que me han emocionado especialmente de su libro Las bellas imágenes. Antes de leer, pongo una pequeña descripción de los personajes principales para que se puedan seguir más o menos las lecturas. Este post es susceptible de reedición.

Laurence: protagonista de la historia. Es el retrato de la mujer intelectual de la época; publicista.

Jean-Charles: el esposo de Laurence. El hombre perfecto: un arquitecto burgués, exitoso, guapo, buen padre, buen marido.

Mona y Lucien: compañeros de trabajo de Laurence.

"Jean-Charles enumera estaciones, centrales eléctricas perfectamente adaptadas a su entorno. En esas disputas, sale siempre vencedor porque enumera hechos. Laurence sonríe a su padre. Éste ha optado por callarse, pero el fulgor de sus ojos, el pliegue de su boca indican que conserva sus convicciones.
Se va, piensa Laurence, y tampoco esta vez se habrá aprovechado de él como debiera. ¿Qué anda mal en mí? Siempre pienso en otra cosa.
-Tu padre es el tipo de hombre que se niega a entrar en el siglo XX - dice Jean-Charles una hora más tarde.
- Tú vives en el siglo XXI - dice Laurence, sonriendo.
Se instala en su mesa de trabajo. Debe examinar en profundidad las recientes encuestas que Lucien ha encargado; abre el legajo. Es fastidioso, hasta deprimente. Lo liso, lo brillante, lo lustroso, sueño de resbalamiento, de perfección helada; valores de erotismo y valores de la infancia (inocencia), velocidad, dominio, calor, seguridad. ¿Es que todos los gustos pueden explicarse por fantasmas tan rudimentarios? ¿O es que los consumidores a quienes se interroga son especialmente retrasados? Poco probable. Esos psicólogos hacen un trabajo ingrato: innumeables cuestionarios, refinamientos, astucias, y se vuelve a caer siempre en las mismas respuestas. Las personas quieren novedad, pero sin riesgo; diversión, pero que sea seria; fascinaciones, que no cuesten caro... Para ella, es siempre el mismo problema: aguijonear, sorprender tranquilizando; el producto mágico que trastornará nuestra vida sin molestarla en nada."

"No es sencillo lanzar una nueva marca de un producto tan difundido como la salsa de tomate. Laurence había sugerido a Mona que utilizara el contraste sol-frescura. El dibujo es agradable: en colores vivos, un deslumbrante sol en el cielo, un pueblecito en lo alto, olivares; en primer plano, el tarro con la marca y un tomate. Pero algo faltaba: el gusto del fruto, su pulpa. Han discutido largo rato. Y han llegado a la conclusión de que había que cortar un pedazo del tomate de modo que se viera la carne roja al desnudo."

"La voz de Dominique cortada por sollozos y gritos; siente horror por su vida pero no quiere en modo alguno morir: es la desgracia. Y también está ese hueco, ese vacío, que hiela la sangre, que es peor que la muerte aunque se lo prefiera a la muerte desde el momento en que uno no se suicida: lo he conocido hace cinco años y aún conservo el espanto que me causó. Y el hecho es que las personas se suicidan -él pidió plátanos y una servilleta- porque existe justamente algo peor que la muerte. Eso es lo que da frío en los huesos cuando leemos el relato de un suicidio: no el frágil cadáver colgado de los barrotes de la ventana, sino lo que ha sentido ese corazón, justo antes."

"- A pesar de todo, ¡lo que es hermoso es hermoso! - dice la señora Thirion con tanta convicción que por un momento todos callan. Después continúan...
Como de costumbre, Laurence se embarulla con sus pensamientos; se opone casi siempre a la opinión del que habla, pero como ellos tampoco se ponen de acuerdo entre sí, a fuerza de cotradecirlos se contradice a sí misma. Aunque la señora Thirion sea una perfecta idiota, se siente inclinada a decir como ella: lo que es hermoso es hermoso; lo que es verdadero es verdadero. Pero, ¿de qué vale esta opinión en sí? ¿De dónde me viene? De papá, del colegio, de la señorita Houchet. A los dieciocho años, yo tenía convicciones. Algo le queda de ellas, no gran cosa, más bien una nostalgia. Duda de sus juicios: son a tal punto una cuestión de humor y de circunstancias. Apenas soy capaz, cuando salgo del cine, de decir si una película me ha gustado o no."

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