viernes, 11 de junio de 2010

Sabores

Tengo un corazón tan grande que es capaz de las mayores proezas de este universo y de los restantes, incluídos los paralelos. Él puede, por ejemplo, amar con la misma intensidad a los tulipanes y a las margaritas. También puede rendir pleitesía al helado de pistacho con la misma solemnidad con la que se la rinde al de avellanas. Por descontado, es capaz de adorar las minifaldas de las chicas en verano y los apretados vaqueros de los chicos en invierno por igual, sin discriminar ninguna opción.
¿Quién dijo entonces que si un corazón puede, no tiene que quedarse con todo?
No quiero elegir entre margaritas y tulipanes, ni entre pistacho y avellanas y tampoco entre faldas y pantalones. No quiero elegir porque en mí hay amor suficiente para cubrirlo todo y porque no quiero olvidar algo que ya forma parte de mi vida; sería como arrancarme un brazo y todo el mundo sabe que no se vive del todo bien con un único brazo.
Sé que es muy egoísta, no me paro a pensar en que si el helado de pistacho pudiese hablar seguramente se quejaría de que a veces le rechazara por el de avellana. En mi cabeza sólo puedo imaginar cómo sería desdeñar para siempre uno de los sabores que dan dulzura a mi día a día. En mi cabeza sólo puedo imaginar, si acaso, cómo me sentiría yo si fuera un sabor de helado y alguien me rechazara por otro que aparentemente no tiene mucho más de lo que yo tengo... me sentiría mal. Y ya se sabe lo que se dice por ahí: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.

No hay comentarios: