jueves, 6 de mayo de 2010

Deux pas

Pienso cada mañana si miras el buzón de tu correo con la misma ilusión que yo.
Si luego te desilusionas con la misma intensidad que yo, si luego te entran ganas de espiarme para saber qué he hecho exactamente durante toda la noche. Deseo preguntarte si en tus sueños me paseo de tu mano y si resulta que por eso cada mañana me levanto tan cansada, tan harta del resto del mundo.

Pienso en ti, como tantas veces al día. Me digo que no está bien.

A dos pasos siempre de olvidarme de ti, a dos pasos siempre de recordarte de nuevo.

Qué impotente me siento cuando tu recuerdo me inunda, y tengo que pararme un momento, coger aire profundamente, y luego seguir como si nada, como si tú no hubieras existido nunca.

Qué impotente, cuando acatando tus deseos, si te veo por casualidad tengo que huir de ti.

Qué impotente. Tantas veces que tuviste razón y yo no supe entenderte. Y ahora que sí te entiendo, ahora que desearía gritarte “¡TIENES RAZÓN, TE ENTIENDO!”, ya no puedo.
Pero tú también has cambiado, todos lo saben.
Siempre estoy dos pasos por detrás de ti hasta para entendernos.

Qué ingenua, pensar que la vida tenía un sentido sin ti. Qué cruel, afrontarlo todo desde cero, sin nadie más que tu antiguo yo capaz de comprender cómo me siento. Tu antiguo yo, que va dos pasos por detrás de ti y me lleva dos de ventaja a mí.

Qué avergonzada, qué incapaz de todo a pesar de conocerme mejor.

Todos los días quiero ser yo misma, pero es como si no pudiera sacar lo mejor de mí sin recordarte. Es como no poder poner en práctica todo lo que he aprendido, como si no pudiera rectificar todos mis errores si no es a tu lado, como si yo no fuera sin ti.

Qué enfermiza, qué obsesionada.

Qué horror no querer amar de nuevo.
Qué miedo odiarme por, muchas veces, desearlo.


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