miércoles, 31 de marzo de 2010

Refléter

A mi hombre espejo.

Echado en la cama, mira en el techo el reflejo que la luz del amanecer desprende de las pulseras de su esposa.

Quiere ser reflejo él también. Se acaba de casar con una mujer a la que no conoce, a la que no ama con toda su alma, a la que no comprende. "¿Pero qué mujer se hace comprender?". Ya no quiere conocer, ni comprender, ni amar. Ni a ella ni a nadie. Quiere ser reflejo. Existir sin ser. Existir como reflejo de una consciencia superior, saberse rastro de algo bello, inteligente, vivaz, importante.

Su esposa, desnuda, se remueve entra las sábanas a su lado. La piel tierna, brillante por el sudor, se pega a la suya en busca de calor. Un pecho cae sobre su hombro mientras el otro se aprisiona contra su pectoral.

"Qué apetecibles son, me los comería."
Pero la posición se lo impide, y sólo la puede mirar a la cara, que permanece ladeada apoyada en su pectoral, satisfecha después de la brutal noche de bodas.

No la ama. "No la amo". No la entiende. "No, no la entiendo".
"¿Por qué me habré casado con ella?".
Y sin embargo, se ha casado con ella, que es tan bella, tan inteligente, tan vivaz, tan importante.

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