viernes, 11 de diciembre de 2009

Elogio del aburrimiento - Santiago Alba Rico

El capitalismo prohíbe
básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.

Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista
mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de
los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y
escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana
Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y
de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y
freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de
conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante
ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera
cocinado, habría pensado más y mejor”.

Si a Juana Inés, en lugar de a
la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese
aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin
ninguna prohibición.

Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes
novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras
redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas
recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la
escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y
reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es
que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura
podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la
superficie.

Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la
televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de
sus novelas.

Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una
obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin
interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a
leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno?
¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la
duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido
viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra
silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de
un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los
videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido
pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No
hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero
quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el
tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-
Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus
libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde
se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en
el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de
las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los
cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas
oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la
medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El
aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los
descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia
dentro.

El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que
incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso
tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo
minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde
entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja
mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde
la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre
sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están
siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando,
donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos
proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo,
menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la
frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír,
las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es
emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos
nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso?
Que era un país muy aburrido.

Eso que el filósofo Stiegler ha llamado
la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no
sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros
instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del
planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400
millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el
mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la
“industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música,
revistas, parques temáticos, internet, etc- suma ya 2 billones de
dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos,
llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir:
dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos
distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un
hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos
entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a
todos los productos, mentales o materiales.

El capitalismo y su
industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una
cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la
palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela
misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés
y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del
entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de
conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean
menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia.
¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras
electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova,
la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o
latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus
programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos
zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es
seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores
llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca
podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.

Según una
reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están
convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada
cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos
el Holocausto es el nombre de una fiesta.

Quizás deberíamos aburrirnos
un poco más.

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